25.7.06

Una historia curiosa en relación con el origen del fonendoscopio

Del artículo Las mujeres agudizan el ingenio de Historias de la ciencia .Recojo a continuación un fragmento relacionado con las mujeres y el origen del fonendoscopio.

.... Otro curioso caso fue el de René Théophile Hyacinthe Laennec (1781-1826), un médico francés. Su vocación de médico empezó a gestarse cuando murió su madre y tuvo que irse a vivir con el hermano de su padre, Guillaume Laennec, que ejercía la medicina. Fue él quien contagió a Théophile la pasión por la misma. Con 19 años ingresó como becario en la Escuela Especial de La Santé, que tenía los mejores alumnos de Francia. Creo que es de justicia decir que al final Laennec fue uno de ellos teniendo en cuenta que en el concurso nacional de premios de Medicina de 1803 obtuvo dos de los cuatro premios.

En París trabajó con el gran cardiólogo Corvisart, médico de Napoleón que fue, a su vez, pionero en escuchar los latidos del corazón y los ruidos torácicos colocando directamente el oído sobre el pecho del paciente. Théophile llegó a admirar a Corvisart por su práctica médica ordenada y objetiva.

En 1816, un caballero fue a ver a Théophile al Hospital Necker porque tenía a su esposa en la cama con tos y fatiga. Théophile acompañó al caballero a su casa para ver qué le sucedía a su mujer.

- Buenos días, señora, soy el doctor Laennec. ¿Cómo se encuentra?
- Doctor, tengo mucha tos y me cuesta respirar
- Señora, ¿podría descubrirse el pecho? Debo explorar su corazón.

La señora era una hermosa joven que parecía haber salido de un cuadro de Rubens y aparecieron unos voluptuosos pechos. Podréis imaginar la situación: el marido, el médico, la mujer ...

El siguiente paso era pegar la oreja al pecho para escuchar sus ruidos torácicos, pero la delicadeza y las buenas formas de Laennec hicieron que no fuera así. Recordó que en su infancia jugaba con otros niños de su edad y que se comunicaban mediante un largo canuto de cartón (hay fuentes que dicen que no fue un recuerdo de su infancia sino que lo vio, ya siendo médico, a niños mientras paseaba por el patio del Louvre, que jugaban con tablas donde uno ponía el oído en un extremo y otro daba golpes en el otro extremo de la misma).

La cuestión es que sin pensarlo dos veces, sacó una libreta de notas de su cartera, la enrolló y aplicó un extremo sobre el pecho de la paciente y el otro a su oído. Se sorprendió cuando oyó los ruidos con mucha mejor claridad de lo que había pensado.

No pudiendo dejar de pensar en ello, fue inmediatamente a un carpintero para que le hiciera un tubo hueco de madera y que cada uno de los extremos estuviera unido a un receptáculo a modo de embudo. Los ruidos se oían mucho mejor con este aparato. Más tarde comentó al resto de sus colegas lo sucedido.

Anotó cuidadosamente todos los sonidos que auscultaba en sus pacientes y comparó los ruidos con imágenes de fácil reconocimiento: los roces, ruidos de tubo, de ánfora, de caverna, crepitaciones, soplos y demás sonidos, forman parte de la terminología habitual en cardiología. Todo ello lo publicó en un libro en 1819 repleto de observaciones clínico-patológicas en el que describió con maestría varias enfermedades torácicas, muchas de las cuales no habían sido descritas antes.

Gracias a su invención del estetoscopio (en griego, inspector del tórax), comenzó una nueva época para la medicina, y a partir de ese momento el médico y la profesión médica quedaron asociados con ese característico instrumento de goma, que en la actualidad se conoce como fonendoscopio, con la que los médicos oyen los ruidos en el interior de nuestro cuerpo.

¿Hubierais podido imaginar que la historia del fonendoscopio empezó por la necesidad de auscultar a una mujer?

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